La Ley antitabaco amenaza a restaurantes emblemáticos de Madrid

Quizás el bocata -que no bocadillo- de calamares de Atocha, o podría ser incluso que el chocolate con churros de San Ginés. Pero, en cualquier caso, parece claro que pocas cosas hay en Madrid más castizas que el tradicional café, copa y puro para poner el punto y final a una copiosa comida.
Sin embargo, el postre más genuino de la Villa y Corte podría convertirse en una reliquia en poco tiempo. La extensión de la prohibición de fumar a todos los restaurantes con la que amenaza el Gobierno ha puesto en jaque a los locales en los que los aficionados al habano encuentran desde hace años su templo particular en forma de cava de puros.
Uno de esos templos es Oter Epicure, en Claudio Coello 71. Un restaurante que además abrió sus puertas precisamente con el objetivo de ser «no sólo un lugar donde se pudiera comer, sino disfrutar de una buena selección de cigarros», según las palabras de su propietario, David Oter. Cercenada su principal seña de identidad, ahora tanto David como Juan Carlos Aparicio, el maître, comienzan a hacer cábalas sobre los efectos negativos que tendrá la prohibición total de fumar. «Nosotros estimamos que entre un cinco y un ocho por ciento de nuestros clientes vienen casi exclusivamente a disfrutar de los cigarros», comenta David. Una cifra a tener en cuenta y que encaja dentro de los cánones de pérdidas que los hosteleros estiman que traerá la reforma de la ley antitabaco: alrededor de un diez por ciento.
A pesar de que por sí sola la desaparición de los cigarros ya repercutirá negativamente en la cuenta de resultados, David y Juan Carlos avisan de que la medida afectará también a otros aspectos del negocio. «Lo que permite el tabaco -los puros en este caso- es alargar las sobremesas, de manera que los clientes consumen más postres, más cafés y más destilados», apuntan. De salir adelante la reforma, habrá que ver si los fumadores aguantan un dulce, un espresso o, sobre todo, un licor sin echar mano del tabaco en cualquiera de sus variantes. Y es que el mono de los clientes promete acelerar la marcha del local tras el último .bocado«Nosotros estimamos que entre un cinco y un ocho por ciento de nuestros clientes vienen casi exclusivamente a disfrutar de los cigarros»La importancia de la sobremesa
De las ganas de fumar de los clientes sabe mucho María Eugenia Antía, del restaurante Errota Zar, ubicado dentro del Hogar Vasco de Madrid. Su cava de puros es una de las más completas de la capital y, según asegura, algunos clientes «ya piden que se les encienda el puro cuando aún ni siquiera se les ha servido el postre». Para un restaurante de estas características, que recibe asiduamente a diputados y ejecutivos cerrando negocios, la sobremesa es algo fundamental. Sólo la combinación de café, copa y puro puede suponer unos ingresos extra de entre 20 y 60 euros por cabeza.
«Sabemos que vamos a perder la sobremesa en alrededor de un 55 por ciento de los servicios» -comenta por su parte Israel Pérez director de Castellana 179- «pero esperamos no perder a los clientes». En este restaurante de comida tradicional «el fumarse un puro después de la comida es una tradición muy arraigada entre los clientes», según asegura el propio Israel. A su restaurante le afectará la reforma legal, pero Israel no quiere imaginar lo que podría suponer a otros establecimientos. «Supongo que a muchos les perjudicará por el dinero que se gastaron en su momento para separar las zonas de fumadores y no fumadores. Todo para nada».
Pocas alternativas a la reforma
A la vista de las negras previsiones, no es de extrañar que los hosteleros empiecen a buscar trucos para poder seguir ofreciendo cigarros a sus clientes. «Se está planteando hacer clubes de fumadores dentro de los establecimientos, una especie de salón donde la gente pueda disfrutar de su puro y nosotros servirles copas tras la comida», comenta uno de los entrevistados. Sin embargo, a priori parece legalmente incompatible tener licencia para servir alcohol en un establecimiento donde se permita fumar.
Pese a que los profesionales del sector no entienden una ley que «no hará sino provocar pérdidas y aumentar el ruido a altas horas de la noche alrededor de los bares de copas», ya saben que levantar la voz contra el Gobierno no es garantía de éxito. De poco les sirvió la última vez que se modificó la ley, allá por 2006. Por ello los empresarios parecen resignados a la que se les viene encima. «Hay que ver cómo se preocupa por nosotros papá Estado», comenta uno de ellos no sin esgrimir una sonrisa algo taciturna.

fuente/abc.es/